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Carlos Gardel
* Horacio Ravera
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Francisco Canaro
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Carlos Di Sarli
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Juan D´Arienzo
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Edmundo Rivero
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Roberto Goyeneche
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Astor Piazzolla
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Julio Sosa
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Tita merelo |
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Carlos Gardel |
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Síntesis de su vida y trayectoria
Carlos Gardel nació en la ciudad de Toulouse, Francia, el 11 de
diciembre de 1890. Hijo de padre desconocido y Berta Gardes, quien
le dio su apellido, fue bautizado Charles Romuald Gardes.
En 1893 su madre llegó a la Argentina con su pequeño hijo de poco
más de dos años.
Su infancia transcurrió en los alrededores del Mercado de Abasto, su
barrio por adopción, a partir de ese momento nace "El Morocho del
Abasto".
Cursó sus estudios primarios en las escuelas San Carlos y San
Estanislao y abandonó los mismos en el segundo año de secundaria, en
1906.
Su vocación era el canto y animado por el payador José Betinotti,
quien lo bautizara "El Zorzal Criollo", comenzó a cantar en ruedas
de comités (centros políticos) y fondas del Abasto.
Para la época del Centenario de la Revolución de Mayo (1910), era el
número artístico del café O'Rondemann de los hermanos Traverso. En
1911 y junto a José Razzano, cantor del café El Pelado del barrio de
Balvanera, forma el dúo Gardel-Razzano que marcará toda una etapa de
su vida artística.
En 1912 se agrega al dúo el guitarrista y cantor Francisco Martino.
Este trío participa en los Festivales de la Casa Suiza de la calle
Rodríguez Peña 254.
Tiempo más tarde Gardel es convocado por la Casa Taggini para grabar
sus primeros discos marca Columbia Record.
En ese entonces, su repertorio no contenía tangos, sino canciones
folklóricas.
En 1913 el trío se agranda y se convierte en cuarteto sumando al
cantor Saúl Salinas y salen de gira por el interior de la provincia
de Buenos Aires. Al alejarse el recién llegado Salinas siguieron
bajo el rótulo de Terceto Nacional y en diciembre de 1913, se
desvincula Martino, y queda conformado definitivamente el "Dúo
Nacional Gardel-Razzano". En diciembre de ese año debutan en el
prestigioso Cabaret-Restaurant "Armenonville", cantando canciones
criollas.
El 8 de enero de 1914 el dúo debuta en el Teatro Nacional de Buenos
Aires y a partir de entonces comienzan a cantar en todos los teatros
porteños, haciendo giras a las principales ciudades argentinas,
Rosario, Santa Fe y Córdoba.
En 1915 debutan en la República Oriental del Uruguay, en el Teatro
Royal de Montevideo, ese mismo año, emprenden una gira al Brasil y
en ese viaje Gardel conoce a su gran ídolo, el tenor italiano Enrico
Caruso.
A fines de 1915 Gardel sufre en un altercado un balazo en el pulmón
que lo marginó un tiempo del canto. Esa bala la tendría alojada para
toda la vida. En aquel entonces se suma al dúo el guitarrista José
Ricardo, apodado El Negro.
En 1916, ya reestablecido, reanuda junto a Razzano su temporada en
Mar del Plata.
Al año siguiente decide cantar un tango en público, y así una noche
en el Teatro Empire de Buenos Aires estrena "Mi noche triste" de
Samuel Castriota y Pascual Contursi. A partir de entonces comenzará
a incluir tangos a su repertorio.
El 9 de abril de 1917 la Casa Glücksmann los contrata para grabar.
Es protagonista de un film mudo: "Flor de Durazno" y junto con
Razzano inicia su primer gira a Chile.
De 1918 a 1922 el dúo trabaja intensamente en teatros de Buenos
Aires, Montevideo y todas las ciudades del interior de la República
Argentina. A partir de 1921 el dúo es acompañado por los
guitarristas José Ricardo y Guillermo Desiderio Barbieri.
Para 1923, y ya con Gardel metido de lleno en el tango, inicia con
Razzano, junto a la Compañía Rivera-De Rosas, una gira por Mar del
Plata, Montevideo, Brasil y España, debutando en el Teatro Apolo de
Madrid.
En 1924 vuelve a Buenos Aires y canta por Radio LOW Gran Splendid y
graba por vez primera acompañado por la orquesta de Francisco Canaro
y un año después lo haría acompañado por la orquesta de Osvaldo
Fresedo.
En la ciudad santafesina de Rafaela el dúo canta por última vez. Y
es a partir de 1925 que Gardel se convierte en solista, viajando a
España junto a la Compañía Rivera-De Rosas. Debuta el 5 de noviembre
de 1925 en el Teatro Goya de Barcelona, donde graba sus primeros
discos con el sistema eléctrico.
A su regreso a Buenos Aires, hace su primer toma eléctrica en el
país -el 8 de noviembre- cantando el pasodoble "Puñadito de sal".
En noviembre de 1927 viaja nuevamente a España y en enero del año
siguiente canta en Radio Catalana y vuelve a grabar en Barcelona
para luego recorrer toda España.
A mediados del año 1928 vuelve a Buenos Aires, sumándose a su
conjunto acompañante el guitarrista uruguayo José María Aguilar.
Tras un breve paso por Buenos Aires y Montevideo viajan a Francia y
debutan en el teatro Fémina de París el 30 de septiembre de 1928.
En octubre debuta en el cabaret Florida de París, con formidable
éxito y además graba discos.
En enero de 1929 realiza una breve tournee por Italia y el 5 de
febrero ya de vuelta en Francia, actúa en la Opera de París,
viajando luego a la Costa Azul donde triunfa rotundamente.
En marzo regresa a París y debuta en el Teatro Empire, dejando
algunas grabaciones, luego viaja a España donde actúa en el
Principal Palace de Barcelona y en el Teatro Avenida de Madrid,
ciudad donde se desvincula del conjunto el guitarrista José Ricardo.
A mediados de 1929, regresa a Buenos Aires lleno de gloria junto a
Barbieri y Aguilar.
Su éxito se desdobla en ambas orillas del Río de la Plata, graba
discos y, en 1930, filma sus famosos cortometrajes sonoros.
En 1930 realiza un nuevo viaje a Francia actuando en el Empire de
París y al año siguiente en el Palacio del Mediterráneo de Niza,
junto a las guitarras de Barbieri y Riverol, sin Aguilar que había
regresado a Buenos Aires. En marzo vuelve al Empire de París y luego
pasa al Palace de París donde está varios meses.
Filma en Joinville, para la Paramount francesa la película "Luces de
Buenos Aires".
Retorna a Sudamérica y tras breve paso por Buenos Aires y Montevideo
parte otra vez a Europa sin sus guitarristas. Entre fines de 1931 y
agosto de 1932 Gardel realiza giras por la Costa Azul, Italia,
Londres, París, Viena, Berlín y Barcelona.
Entre septiembre y noviembre filma para la Paramount francesa "Esperame"
y junto a Imperio Argentina "La casa es seria" y "Melodía de
arrabal". Para estas películas comenzó a trabajar, junto a Gardel,
Alfredo Le Pera y nacen sus primeros tangos juntos: "Melodía de
arrabal", "Silencio", "Me da pena confesarlo", etcétera.
En 1933 vuelven a Buenos Aires y su conjunto de guitarras estaba
integrado por Barbieri, Riverol, Vivas y Pettorossi, trabajan en
Montevideo y en el interior de la Argentina y del Uruguay.
Esta será la última vez que su público lo vería.
Su última grabación en Buenos Aires fue el 6 de noviembre de 1933
cuando registra "Madame Ivonne" de Eduardo Pereyra y Enrique
Cadícamo.
El 7 de noviembre se va para siempre. Nuevamente a Europa, donde
tras un breve paso por Barcelona y París viaja a los Estados Unidos,
para debutar en la cadena de radio más importante del mundo, la NBC
de Nueva York, el 31 de diciembre del mismo año.
En 1934 con la colaboración de Alfredo Le Pera, en los argumentos,
Gardel filma "Cuesta abajo", "Mi Buenos Aires querido" y "Tango en
Broadway", para la Paramount de Nueva York.
Tras un breve viaje a Francia, a fines de 1934 vuelve a actuar en la
NBC y a filmar, participando en el musical de la Paramount
"Cazadores de estrellas" junto a Bing Crosby, Richard Tauber y Ray
Noble entre otros grandes.
Entre enero y febrero de 1935 filma "El día que me quieras" y "Tango
Bar" donde canta sus éxitos más recordados.
En abril, Gardel decide emprender una gira por Puerto Rico,
Venezuela, Aruba, Curaçao, Colombia, Panamá, Cuba y México, pero el
destino impidió que esta se completara por el trágico accidente
aéreo de Medellín que terminó con su vida el 24 de junio de 1935.
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HORACIO RAVERA:
La perfección de un estilo |
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Nació en Buenos Aires –
Argentina, desde temprana edad estudio música y canto, participo en
el elenco del conjunto Trío Azul.
Por su registro de voz
(tenor lírico) fue requerido dentro del género de la música melódica
donde también participo en los tríos CORAL y LOS CRISOLES
interviniendo en importantes eventos musicales dentro y fuera del
país a partir de 1971.
En 1984 se traslado a
FRANCIA donde realizo papeles en el genero lírico en obras
presentadas en el teatro de Paris como RIGOLETO, AIDA, CARMEN,
canzonetas italianas y zarzuelas., también integro el conjunto de
tangos JUAN CARLOS CARRASCO (h) actuando en países como Alemania,
Finlandia, Noruega, Suecia, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Turkia y
Grecia.
En 1990, regresa a
Argentina para integrar el conjunto RAÍCES LATINOAMERICANAS,
realizando giras por el interior del país, y otros países como ser
Paraguay, Chile, Brasil y Centroamérica.
En 1994 se traslada a
Estados Unidos (Miami) integrando el conjunto THE GOLDEN TANGO.
En 1996 regresa a Argentina
donde participa intensamente en shows televisivos y personales,
regresando en 1999 a Miami lugar donde reside actualmente,
realizando giras esporádicas a Europa, y Centroamérica.
En su faceta como autor ha
compuesto verdaderos éxitos como SAMBA A SAN MARTIN, PERSISTES, ESE
ES MI DESTINO, TE LLEVO EN MI, y una especial dedicada a LA MADRE
TERESA DE CALCUTA.
HORACIO RAVERA, es un
verdadero SUPERTALENTO.
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Francisco Canaro |
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Apodo: Pirincho
Violinista, director y compositor.
(26 de noviembre de 1888 - 14 de diciembre de 1964)
Uruguayo de la ciudad de San José de Mayo, la suya es una historia
densa, desbordante de situaciones, preñada de anécdotas, algunas
de las cuales asumieron categoría de mitos. Niño nacido en la
mayor pobreza, que no tuvo estudios, su única opción fue el
trabajo. Cuando con su certero instinto encontró el camino de la
música, logró lo que se propuso: éxito y fortuna. Los egoísmos y
las mezquindades que como todo ser humano pudo haber abrigado
pasaron a segundo plano. Su labor y sus ideas fueron ejemplos a
seguir. Y fue el aglutinante de sus compañeros, pues desde 1918
luchó por los derechos autorales, no reconocidos en esos tiempos,
hasta culminar en la creación de la actual SADAIC (Sociedad
Argentina de Autores y Compositores de Música), fundada en 1935 y
cuyo edificio fue erigido en terrenos adquiridos por Canaro.
Sus comienzos se confunden con los de la historia del tango. Tanto
que un programa radial de mediados de los '50 acuñó una frase
comodín para referirse a cualquier hecho muy antiguo: «De cuando
Canaro ya tenía orquesta». Su fortuna dio pábulo, además, a un
dicho popular: «Tiene más plata que Canaro», con el que se aludía
a la opulencia de alguien. Se cuenta que estando Canaro con Gardel
en el hipódromo, éste le pidió quinientos pesos (una suma entonces
enorme) para apostar, pero advirtiéndole que se olvidara de la
deuda: «Yo soy pobre, y vos tenés toda la guita (dinero) del
país.» Es que al lado de Canaro, hasta Gardel era pobre.
Canaro fue Pirincho desde el alumbramiento mismo. La partera, al
tomarlo en sus manos, exclamó al verle tanto pelo y un mechón
enhiesto: "¡Parece un pirincho!", aludiendo a un pájaro
encrestado, común en el Río de la Plata. La familia llegó pronto a
Buenos Aires, donde vivieron en casas de inquilinato (llamadas
"conventillos"), en condiciones de extrema pobreza. Antes de
cumplir los diez años ya voceaba diarios por la calle. Luego fue
pintor de brocha gorda, y se empleó incluso en las obras del
Congreso de la Nación.
La música lo atraía. Su primer logro con ella fueron unos tonos
que pudo arrancarle a una guitarra gracias a las enseñanzas de un
vecino zapatero. Pero lo cautivaba el violín. A falta de dinero
para adquirir uno, improvisó su Stradivarius con una lata de
aceite y un mango de madera. «El primer tango que saqué de memoria
fue "El llorón", de autor anónimo -recordaría muchos años
después-. El estuche me lo fabricó mi vieja; en realidad una funda
de género, y ya salí a ganar algo de plata en bailes de la
vecindad.»
Pero su debut oficial ocurrió en Ranchos, un pueblo perdido, a
cien kilómetros de Buenos Aires. Se presentó allí con un trío,
cuya actuación en aquel paraje duró poco, y por dos razones. Una
fue que el palquito que sustentaba a los artistas tuvo que ser
reforzado con chapas de hierro para guarecerlos de los balazos que
solía intercambiar la clientela. La otra, que Canaro gustaba de
las señoritas del local, atracción de la cual quiso disuadirlo el
dueño del establecimiento, refiriéndole que el encargado de las
muchachas tenía varias muertes en su haber.
De regreso a casa conoció a un nuevo vecino, el bandoneonista
Vicente Greco -el mismo que poco tiempo después impusiera la
denominación de Orquesta Típica a los conjuntos tangueros-. Canaro
reconocería tiempo después lo que influyeron en él los
conocimientos de Greco. Corriendo el 1908 ya estaba decidido que
el camino de Canaro estaría en el tango. Actúa por entonces en los
cafés concert que abundaban en el barrio de la Boca y su nombre
comienza a ser reconocido. Luego se une a su amigo Greco y en
diversas giras van encontrando la prosperidad que anhelaban.
En 1912 comenzó Canaro su trascendental labor de compositor con
los tangos "Pinta brava" y "Matasanos" (sarcasmo por médico). A lo
largo de su vida acumuló tal número de obras que hasta hoy se
discute cuántas realmente nacieron de su inspiración, y de cuántas
se apropió a cambio de favores o dinero. Pero como sostuvo el
estudioso del tema Bruno Cespi, «con que Canaro haya compuesto
sólo el cinco por ciento de todos los temas que firmó bastaría
para considerarlo un grande.»
"Matasanos" lo escribió a pedido de los estudiantes de medicina a
punto de recibirse, que en el día de la primavera organizaban los
llamados "Bailes del internado". Fue en uno de ellos cuando,
contratado para presentarse con su conjunto, formado al efecto,
por primera vez empuñó la batuta. Su orquesta fue la primera en
ingresar en residencias aristocráticas, donde el tango era
resistido.
Musicalmente sus conjuntos no cultivaron un estilo definido.
Canaro prefirió adaptarse a cada momento, encontrando siempre la
manera de conservar su espacio sin entrar en competencia con otros
astros del género. Sobre el abultado número de sus grabaciones no
hay estimaciones coincidentes: las cifras varían entre 3500 y
7000.

En 1924 concibió la ocurrencia de incorporar un cantor a la
orquesta, aunque sólo para entonar el estribillo, breve tema
central de cada tango. Dio así inicio a la era de los
"estribillistas" o "chansonniers", el primero de los cuales fue
Roberto Díaz. Varios años antes, Canaro había sido también pionero
en la incorporación del contrabajo a la orquesta de tango,
eligiendo para ese menester al morocho Leopoldo Thompson. En 1921,
para animar los carnavales en el ya desaparecido teatro Opera, de
Buenos Aires, formó una orquesta de 32 músicos, masa orquestal
desconocida por el tango hasta ese momento.
En 1925 marchó a París, donde el tango hacía furor. Ya estaban
allí, entre otros, Manuel Pizarro y sus hermanos, cada uno con una
diferente orquesta "Pizarro", y Canaro hizo lo propio con sus
hermanos. Había llevado consigo a sus estribillistas Agustín
Irusta y Roberto Fugazot, dúo al que unió con el pianista Lucio
Demare. El resultante trío triunfaría en España y otros países de
Europa por más de diez años. También presentó en París una
cancionista, Teresa Asprella, ya residente en Francia, y cuando
viajó a Estados Unidos convocó a Linda Telma.
Cuando regresó al país tras dos años de ausencia, buenas orquestas
concitaban la preferencia del público. Sagazmente, Canaro
emprendió una extensa gira por el interior del país para hacerse
conocer en todos los rincones. Luego, a medida que la radiofonía
cobraba auge, la utilizó a fondo, hasta convertirse en la mayor
estrella del éter. Aunque otros músicos habían evolucionado y
desarrollado estilos personales, el apellido Canaro era conocido
por todos.
El teatro musical no fue su creación, pero todas las revistas que
produjo fueron exitosas. Se valía de mínimos argumentos como
pretexto para presentar sus números musicales. Sus cantores eran
galanes, y a algunos tangos los modificaba para convertirlos en
"sinfónicos", utilizándolos como oberturas o intermezzi,
ejecutados por la orquesta desde el foso. Exhumaba antiguos
tangos, rebautizándolos, y les volvía a cambiar el nombre si se
les agregaba letra. Así, su tango sinfónico "Pájaro azul" provenía
de su anterior "Nueve puntos"; "Halcón negro", de 1932, era
previamente "La llamada", y ya con letra pasó a ser "Rosa de
amor". Trató asimismo de imponer un nuevo ritmo, el tangón, que no
resultó. También intentó con el milongón.
Su único fracaso se lo propinó el cine. Fundó la productora Río de
la Plata, pero ninguna de las películas de ese sello le dio
ganancias, y más tarde le costó desprenderse de la empresa.
Algunas de sus composiciones exitosas fueron "El chamuyo", "El
pollito", "Charamusca", "Mano brava", "Nobleza de arrabal", "La
tablada", "Destellos", "El opio", "Sentimiento gaucho", "La última
copa", "Déjame", "Envidia", "Se dice de mí", "La brisa",
"Madreselva" (anteriormente "La polla") y "El tigre Millán".
En 1956 publicó sus memorias, tituladas "Mis 50 años con el
tango", abundantes en adjetivaciones. Un extraño mal, la
enfermedad de Paget, lo condujo a la muerte. Su fortuna fue
repartida en partes iguales entre su esposa legal, "la francesa",
por un lado, y las hijas nacidas de sus amores con una muchacha
del coro de una de sus revistas, por el otro. En Montevideo una
calle lleva su nombre. Hasta hoy, en Buenos Aires, ningún cine,
ningún teatro, ninguna calle lo recuerda.
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Carlos Di Sarli |
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Apodo: El Señor del Tango
Pianista, director y compositor
(7 de enero de 1903 – 12 de enero de 1960) Nadie como él supo
combinar la cadencia rítmica del tango con una estructura
armónica, en apariencia sencilla, pero llena de matices y
sutilezas.
No estuvo enrolado en ninguna de las dos vertientes de su época.
No fue una orquesta tradicional, al estilo Firpo o Canaro. Tampoco
un seguidor de la renovación decareana.
Di Sarli impuso un sello propio, un perfil musical diferente que
se mantiene inalterable en toda su prolongada trayectoria.
En los comienzos, su sexteto nos revela la influencia de Osvaldo
Fresedo. Y es cierto, opino que no hubiera habido un Di Sarli si
no hubiese existido un Fresedo. Pero, sólo como antecedente
necesario de un estilo que, con el tiempo, se convertiría en un
modelo puro, de naturaleza propia y diferenciada.
Fue un pianista talentoso, quizás uno de los más importantes, que
dirigió su orquesta desde el instrumento, con el que dominaba la
sincronía y la ejecución del conjunto.
En su esquema orquestal no existían los solos de instrumentos, la
fila de bandoneones cantaba por momentos la melodía, pero tenía un
papel esencialmente rítmico y milonguero. Únicamente el violín se
destacaba de un modo extremadamente delicado, en algún solo breve
o en un contracanto.
El piano mandaba de una forma sugerente, con un bordoneo que se
hizo marca registrada del maestro, encadenando los compases de la
obra y acentuando un ritmo delicado y elegante, especial para la
danza.
"Milonguero viejo", el tango que dedicara a Fresedo, su referente
y admirado amigo, es curiosamente el lapsus paradójico que retrata
su propio modelo musical.
Siendo un niño comenzó a estudiar el piano, orientado a la música
clásica. Pero a la edad de 13 años y, para disgusto de su profesor
y su padre, emprendió una gira con una compañía de zarzuelas que
recorrió varias provincias argentinas, tocando música popular y
tangos.
Poco tiempo después debutó como solista en un biógrafo (cine) y en
una confitería de la ciudad de Santa Rosa, provincia de La Pampa,
ambos de propiedad de un amigo de la familia, Mario Manara un
italiano como su padre.
En 1919 arma su primer orquesta para tocar en una confitería de su
ciudad natal, Bahía Blanca, principio de su dilatada carrera
artística.
En 1923 llega con su hermano Roque a la ciudad de Buenos Aires,
allí se vincula con el músico Alberico Spatola, director de la
banda de la policía de Buenos Aires y pariente de los Di Sarli,
quien lo contacta con el bandoneonista Anselmo Aieta para integrar
su conjunto.
Luego pasa a las filas de una formación muy popular que comandaba
el violinista Juan Pedro Castillo, "el rey del pizzicato".
Integró también el trío de Alejandro Scarpino, el consagrado autor
del tango "Canaro en París", y acompañó en las grabaciones para el
sello Electra a la actriz y cantante Olinda Bozán, prima hermana
de Sofía.
Después debuta con un sexteto en el cabaret "Chantecler", pero
duró poco tiempo a raíz de una pelea con el propietario. Eran
épocas duras, había mucha competencia y era muy difícil conseguir
trabajo.
A través del violinista José Pécora se vincula con Osvaldo Fresedo
y actúa en su orquesta inaugurando el teatro Fénix del barrio de
Flores.
A fines de 1927 forma su primer sexteto con José Pécora y David
Abramsky, en los violines; César Ginzo y Tito Landó, en
bandoneones y el contrabajo de Adolfo Kraus. Actuó en diferentes
confiterías y al año siguiente firma su primer contrato con RCA-Victor,
donde inicia su labor el 26 de noviembre de 1928.
En algunas de sus grabaciones contó con las voces de Santiago
Devin, Ernesto Famá y Fernando Díaz, tres excelentes intérpretes a
los cuales también acompañó en sus actuaciones radiales.
En esta etapa Di Sarli registró 48 temas, partiendo con los tangos
"T.B.C." (de Edgardo Donato) y "La guitarrita" (de Eduardo Arolas),
para finalizar el 14 de agosto de 1931 con "Una noche de garufa"
(de Arolas) y "Maldita" (de Antonio Rodio y Celedonio Flores) con
la voz de Ernesto Famá.

Orquesta Carlos Di Sarli
En 1932 se incorpora a la orquesta Antonio Rodríguez Lesende quien
fuera su primer cantor estable.
Pocos años después y por motivos no fehacientemente conocidos, se
aleja de su orquesta y parte rumbo a Rosario, provincia de Santa
Fe donde participa de un pequeño conjunto con el bandoneonista
Juan Cambareri. Mientras tanto el sexteto continuó actuando sin Di
Sarli pero manteniendo su nombre. Luego a raíz de las actuaciones
en la confitería "Novelty" pasaría a llamarse Orquesta Novel. En
1935 es solicitado por sus ex compañeros para integrarse a esta
formación, pero solamente para reemplazar al pianista Ricardo
Canataro que estaba enfermo.
Recién a fines de 1938 comienza a organizar nuevamente su orquesta
que debutará en Radio El Mundo en enero de 1939, conformada de la
siguiente manera: piano y dirección Carlos Di Sarli; los violines
de Roberto Guisado, Ángel Goicoechea y Adolfo Pérez; en
bandoneones Roberto Gyanitelli, Domingo Sánchez y Roberto
Mititieri; y Domingo Capurro en el contrabajo; el cantor era
Ignacio Murillo, luego reemplazado por Roberto Rufino.
E1 11 de diciembre de 1939 vuelve a los estudios de grabación en
el sello Victor, con los tangos "Corazón" (de su autoría, con
letra de Héctor Marcó), cantado por Roberto Rufino y "Retirao" (de
Carlos Posadas).
Es su etapa de gloria, el rubro Di Sarli-Rufino constituye una
página de oro de nuestro tango. Su registro de "Tristeza marina"
(de José Dames y Horacio Sanguinetti) es formidable. Luego se
incorporarán sucesivamente los cantores Carlos Acuña, por muy
breve tiempo, Alberto Podestá, Jorge Durán y Oscar Serpa.
El éxito de Di Sarli es apoteósico y genera una adhesión popular
que no lo abandonara hasta su muerte. Pese a ser un músico
fogueado en la década anterior, los años cuarenta lo encuentran en
la plenitud de su arte como director y compositor.
A partir de 1949 Di Sarli se retira nuevamente por razones
comerciales, para volver recién en 1951.
Graba para el sello Music Hall desde noviembre de 1951 hasta abril
de 1953 dejando registrados 84 temas y contando con las voces de
Oscar Serpa y Mario Pomar.
En junio de 1954 retorna al sello Victor, hasta 1958 siendo sus
vocalistas Mario Pomar, Oscar Serpa, Argentino Ledesma, Rodolfo
Galé, Roberto Florio y el regreso de Jorge Durán.
Sus últimos registros discográficos, 14 en total, fueron para el
sello Philips en el año 1958 y sus cantores fueron Horacio Casares
y Jorge Durán.
El primer tango que compuso fue "Meditación" allá por 1919, pero
nunca lo grabó. Del resto de su obra se destacan sin duda,
"Milonguero viejo ", "Bahía Blanca" , "Nido
gaucho" (con letra de Héctor Marcó), "Verdemar" (con letra de José
María Contursi) y "Otra vez carnaval" (con letra de Francisco
García Jiménez), verdaderas joyas del género.
El Señor del Tango fue absolutamente respetuoso de la
melodía y el espíritu de los compositores de su repertorio,
adornando de matices y sutiles detalles la instrumentación
orquestal, apartándose de la falsa contradicción que existía entre
el tango evocativo tradicional y la corriente vanguardista.
Carlos Di Sarli fue la pieza final del rompecabezas del tango del
'40, que no hizo concesiones a las estridencias, ni a las
extravagancias rítmicas y que, sin embargo representó con extrema
delicadeza, el paradigma interpretativo del tango milonguero.
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Juan D´Arienzo |
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Director y violinista.
(14 de diciembre de 1900 – 14 de enero de 1976) En 1936 irrumpe
victorioso Juan D’Arienzo en el disputado territorio de la
popularidad. Acababa de cumplir 35 años, uno menos que Julio De
Caro -estilísticamente ubicado en el otro extremo del espectro
musical del tango- era estrella desde 1924 y D’Arienzo comenzó a
serlo cuando Pablo Osvaldo Valle lo llevó a la flamante radio El
Mundo. Lo cual no quiere decir, de ninguna manera, que D’Arienzo
fuera un tanguista tardío. Como casi todos los musicantes de
aquellos tiempos se inició en el tango de chiquilín. Con Ángel
D’Agostino al piano, el bandoneonista Ernesto Bianchi -por apodo,
Lechuguita- y Ennio Bolognini -hermano de Remo y de Astor- tocó,
de muy chico, en teatritos de tres al cuatro. Su primera actuación
memorable, que el mismo no memora bien, data de 1919. El 25 de
junio de aquel año, la compañía Arata-Simari-Franco estrenó, en el
teatro Nacional, la pieza cómica de Alberto Novión "El cabaret
Montmartre". D’Arienzo , en un reportaje del año 1949 , dijo que
el tocó en aquel estreno: "Con D’Agostino y yo en el violín
tomamos parte en el estreno del sainete de Alberto Novión "El
cabaret Montmartre"/.../. En la obra aparecía una pequeña orquesta
típica, dirigida por nosotros, y que acompañaba a Los Undar’s,
famosa pareja de baile integrada por la Portuguesa y El Morocho,
dos ases del tango canyengue". El doctor Luis Adolfo Sierra ha
establecido, empero, que en el estreno de aquella pieza tocó la
orquesta de Roberto Firpo. Cuando ésta (Firpo, al piano; Cayetano
Puglisi, al violín; Pedro Maffia y Juan Bautista Deambroggio, a
los bandoneones, y Alejandro Michetti, a la bateria) se alejó el
1º de setiembre de aquel año, fue reemplazada por la de
D’Arienzo-D’Agostino .
De allí en más, D’Arienzo continuó vinculado al teatro. Acompañó,
siempre con D’Agostino al piano, a Evita Franco, que tenía su edad
y cantaba bellamente tangos como Loca, Entra no más o Pobre
milonga; tañó su violín en la jazz de Frederickson y formó luego
una orquesta con D’Agostino, en la que este, naturalmente, tocaba
el piano; el otro violín lo hacía Mazzeo; en los bandoneones
estaban Anselmo Aieta y Ernesto Bianchi, y Juan Puglisi en el
contrabajo.
Cuando D’Agostino hizo rancho aparte, lo reemplazó Luis Visca, que
por aquellos años componía "Compadrón". Aquel era un sexteto.
Y llegamos a 1935, que es un año clave en la performance de
D’Arienzo; que es el año en que realmente aparece el D’Arienzo que
todos recordarnos. Eso ocurre cuando se incorpora a su orquesta
Rodolfo Biagi, un pianista que había tocado con Pacho, que había
acompañado a Gardel en algunas grabaciones, que había tocado
también con Juan Guido y con Juan Canaro. D’Arienzo actuaba por
entonces en el Chantecler. La incorporación de Biagi significó el
cambio de compás de la orquesta de D’Arienzo, que pasó del cuatro
por ocho al dos por cuatro; mejor dicho, retornó al dos por
cuatro, al compás rápido y juguetón de los tangos primitivos.
Cuando Biagi lo abandonó en 1938 para formar su propia orquesta,
D’Arienzo ya se había identificado para siempre con el dos por
cuatro. Frente al ritmo marcial de Canaro, a la trivialidad un
tanto murguística de Francisco Lomuto, a los arrestos sinfonistas
de De Caro, D’Arienzo aportaba al tango un aire fresco, juvenil y
vivificador. El tango, que había sido un baile alardoso,
provocativo, casi gimnástico, se vio un día convertido, al decir
de Discépolo, en un pensamiento triste que se puede bailar... Se
puede... El baile había pasado a ser subsidiario hoy; sólo que
entonces había sido desplazado por la letra y por los cantores y
ahora lo es por el arreglo. Y bien: D’Arienzo devolvió el tango a
los pies de los bailarines y con ello hizo que el tango volviera a
interesar a los jóvenes. El "rey del compás" se convirtió en
el rey de los bailes, y haciendo bailar a la gente ganó mucho
dinero, que es una linda forma de ganarlo.
Los tangófilos menosprecian a D’Arienzo. Lo consideran una suerte
de demagogo del tango. Pero D’Arienzo -como ha señalado muy bien
José Luis Macaggi- hizo posible ese renacimiento del tango que ha
dado en llamarse “la década del cuarenta” una década que es para
el tango algo así, mutatis mutandis, lo que el siglo de oro para
la literatura española.
Es claro que el tango no comienza en 1940. Tampoco los tanguistas
de 1940 son más importantes que los de 1910 o 1920 (como Cervantes
no fue más importante que Berceo o que el rey Alfonso). A veces se
niega, con criterio entre esteticista y estetizante, a Canaro, a
Contursi, a Azucena Maizani, a Luis Roldán, a los pioneros, a los
que pusieron, bien o mal, los cimientos sobre los que se ha
edificado el complicado edificio del tango. Piazzolla se ha
quejado alguna vez de que siempre se toca la música de los
muertos... ¡Por Dios! Es como quejarse porque los chicos de las
escuelas leen a Miguel Cané y a José Hernández.
Una vez que tuvo éxito con el nuevo compás, que encandiló a los
bailarines del Chantecler y que la radio El Mundo difundió en todo
el país, D’Arienzo comenzó a teorizar sobre si mismo.
Ignoro si el merito de D’Arienzo consistió inicialmente en
sugerir, en proyectar o meramente en dejar hacer. Tampoco vale la
pena demorarse en denigrar las concesiones lamentables que el
maestro hizo a la chabacanería, en composiciones tan ordinarias
como "El tarta" o "El hipo". Mejor olvidar todo eso. En todo caso,
esa chabacanería algún paralelismo guardaba con el tono original
del tango, con la impronta plebeya que los compadritos pusieron al
tango en las academias, en los cafés de camareras, en los bailes
del Politeama y del Skating Ring, vale la pena, en cambio,
detenerse en las teorizaciones d’arienzanas.
 En 1949 decía D’Arienzo: "A mi modo de ver, el tango es, ante
todo, ritmo, nervio, fuerza y carácter. El tango antiguo, el de la
guardia vieja, tenía todo eso, y debemos procurar que no lo pierda
nunca. Por haberlo olvidado, el tango argentino entró en crisis
hace algunos años. Modestia aparte, yo hice todo lo posible para
hacerlo resurgir. En mi opinión, una buena parte de culpa de la
decadencia del tango correspondió a los cantores. Hubo un momento
en que una orquesta típica no era más que un simple pretexto para
que se luciera un cantor. Los músicos, incluyendo al director, no
eran mas que acompañantes de un divo más o menos popular. Para mi,
eso no debe ser. El tango también es música, como ya se ha dicho.
Yo agregaría que es esencialmente música. En consecuencia, no
puede relegarse a la orquesta que lo interpreta a un lugar
secundario para colocar en primer plano al cantor. Al contrario,
es para las orquestas y no para los cantores. La voz humana no es,
no debe ser otra cosa que un instrumento más dentro de la
orquesta. Sacrificárselo todo al cantor, al divo, es un error. Yo
reaccioné contra ese error que generó la crisis del tango y puse a
la orquesta en primer plano y al cantor en su lugar. Además, traté
de restituir al tango su acento varonil, que había ido perdiendo a
través de los sucesivos avatares. Le imprimí así en mis
interpretaciones el ritmo, el nervio, la fuerza y el carácter que
le dieron carta de ciudadanía en el mundo musical y que había ido
perdiendo por las razones apuntadas. Por suerte, esa crisis fue
transitoria, y hoy ha resurgido el tango, nuestro tango, con la
vitalidad de sus mejores tiempos.
Mi mayor orgullo es haber contribuido a ese renacimiento de
nuestra música popular."
Esto es lo que decía D’Arienzo, a través de aquel gran periodista,
de aquel maestro del reportaje que fue Andrés Muñoz. Y bien: el
mismo día que D’Arienzo decía esas cosas, o casi el mismo día,
Aníbal Troilo, con Edmundo Rivero, grababa "El último organito".
Allí el cantor estaba en primer plano y, sin embargo, eso era
tango puro, y en la más exigente antología sonora aquella
bellísima versión no debería estar ausente.
Por lo demás, también D’Arienzo puso, a veces, al cantor en primer
plano, y aunque lo hizo correr a la velocidad de la orquesta,
buscó un éxito adicional y menospreciable en letras tan penosas
como las nombradas o como "Chichipía" o "El nene del Abasto".
En 1975, un mes antes de su muerte, D’Arienzo volvió a teorizar:
"La base de mi orquesta es el piano. Lo creo irremplazable. Cuando
mi pianista, Polito. se enferma, yo lo suplanto con Jorge Dragone.
Si llega a pasarle algo a éste no tengo solución. Luego el violín
de cuarta cuerda aparece como un elemento vital. Debe sonar a la
manera de una viola o de un cello. Yo integro mi conjunto con el
piano, el contrabajo, cinco violines, cinco bandoneones y tres
cantores. Menos elementos, jamás. He llegado a utilizar en algunas
grabaciones hasta diez violines".
Sin duda, los resultados logrados por la orquesta de D'Arienzo no
justificaban tanto derroche instrumental, ni justificaban tener el
primer violín a un artista como Cayetano Puglisi. Con igual numero
de instrumentos la orquesta de Troilo obtuvo, en 1946, ese
prodigio de sonoridad que es la versión de Recuerdos de bohemia.
Pero esa es otra cuestión. Lo cierto es que, en 1975, en plena
vanguardia, D’Arienzo seguía sosteniendo que "sí los músicos
retornaran a la pureza del dos por cuatro, otra vez reverdecería
el fervor por nuestra música y, gracias a los modernos medios de
difusión, alcanzaríamos prevalencia mundial".
Volver al dos por cuatro primitivo significa, sin embargo, borrar
a Canaro, borrar a Cobián, borrar a De Caro, borrar a todos los
tanguistas del Cuarenta. ¿Vale la pena?
D’Arienzo, al fin de su carrera, cultivó el estilo camp; por
supuesto, sin saberlo y sin proponérselo. La gente lo veía
gesticular frente a los músicos y los cantores; lo veía con
simpatía, había algo de nostalgia y algo de burla. Por supuesto,
el compás de la orquesta se llevaba tras de si los pies de los
bailarines. Y los pies de los bailarines siguen yéndose con el
compás cuando suenan los discos de D’Arienzo, y su figura continua
suscitando una gran simpatía. Se la merece por lo que hizo por el
tango al promediar la década de 1930.
Originalmente publicado en "Tango y Lunfardo" Nº 132, Año XIV,
Chivilcoy, 16 de setiembre de 1997. Director: Gaspar J. Astarita.
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Edmundo Rivero |
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Cantor y guitarrista
(8 de junio de 1911 - 18 de enero de 1986)
Nombre Completo: Leonel Edmundo Rivero
Apodo: El FeoEdmundo Rivero representa un caso singular en la
extensa galería de cantores de tango. El registro de bajo, que
contenía su voz, era una verdadera rareza en el género y, a la vez,
algo poco apreciado por la pléyade tanguera, acostumbrada a los
barítonos y tenorinos. Sin embargo, la afinación y los coloridos
matices de su fraseo, sumado todo ello a un sentimiento y estilo
criollo con reminiscencias gardelianas, lo hicieron un favorito del
público y, al mismo tiempo, el primer caso de una voz gruesa
imponiéndose en un momento de extraordinarios vocalistas.
También fue importante su formación y desarrollo musical. No fue un
improvisado y menos un intuitivo, fue un estudioso que se inició con
la música clásica, con el rigor de las academias, la disciplina y el
estudio.
Nació en el barrio bonaerense de Valentín Alsina. Sus padres, Aníbal
y Anselma, inculcaron a sus hijos, desde la cuna, el amor por la
música. Se crió en el barrio porteño de Saavedra y pasó su
adolescencia en Belgrano.
De muy joven comenzó el estudio de canto en el conservatorio
nacional y más tarde el de guitarra.
La primera presentación la realizó a dúo con su hermana Eva en Radio
Cultura. En esta misma emisora fue contratado para formar parte del
conjunto que acompañaba a las ocasionales figuras que hacían su
presentación en ella. Asimismo, mostró sus dotes de guitarrista
tocando en presentaciones teatrales un repertorio de música clásica
española.
Su debut como cantor sucedió en forma imprevista, ya que tuvo que
reemplazar al artista que debía actuar en Radio Splendid y al cual
Rivero acompañaba.
La primera orquesta que contrató a "El Feo" fue la de José De Caro,
lo cual le posibilitó acercarse a Julio De Caro, quien le propuso
ser su cantor en los tradicionales carnavales del Teatro Pueyrredon
de Flores. Mas tarde debutó en la orquesta de Emilio Orlando y, a
comienzos de los cuarenta, lo hizo en la de Humberto Canaro.
En esta década ocurrieron, en la vida de nuestro querido artista,
dos acontecimientos fundamentales, con dispares resultados. Hacia
1944 es convocado por el pianista Horacio Salgán para participar en
su orquesta, en la que estuvo hasta 1947. De este periodo no
quedaron registros, ya que los empresarios discográficos le dieron
la espalda tanto a la avanzada concepción del tango de Salgán como
al inusual registro vocal de Rivero. Ambos se dieron el gusto de
grabar en las décadas siguientes, ya siendo artistas consagrados.
El segundo acontecimiento es el que lo lanza definitivamente a la
fama, cuando es convocado por Aníbal Troilo para formar parte de su
gran orquesta, en reemplazo de Alberto Marino. En los tres años que
participó Rivero en la orquesta de Pichuco dejó más de una veintena
de grabaciones, en algunas de las cuales canto a dúo con Floreal
Ruiz y con Aldo Calderón. En esta etapa el gran cantor paso a ser
sinónimo de tangos como "El último organito", "La viajera perdida",
"Yo te bendigo", pero fundamentalmente del tango de Homero Manzi y
Aníbal Troilo "Sur".
En el año 1950 comienza su etapa como solista, siendo acompañado por
un conjunto de guitarras que estaba integrado por Armando Pagés,
Rosendo Pesoa, Adolfo Carné, Achával y Milton, en otras ocasiones
fue acompañado por la orquesta de Victor Buchino.
En la dilatada carrera artística de Edmundo Rivero no faltó su
participación en varias películas, entre las que se destacan: "El
cielo en las manos" (1949), en la cual interpreta el tango homónimo
de Homero Cárpena y Astor Piazzolla, acompañado por la orquesta de
este último. El film "Al compás de tu mentira" (1951), donde canta
"No te engañes corazón" de Rodolfo Sciamarella, acompañado por
guitarras. Después "La diosa impura", en el que interpreta "Sin
palabras" de Enrique Santos Discépolo y Mariano Mores, y participa
en la famosa película "Pelota de cuero", de Armando Bo, entre otras.
Hacia 1965, fue elegido para interpretar las poesías de Jorge Luis
Borges, musicalizadas por Astor Piazzola y llevadas al disco
titulado "El tango". En el mismo participaba el actor Luis Medina
Castro recitando obras del poeta. Este espectáculo fue presentado en
teatros de todo el país y del Uruguay.
A fines de la década del 60, lo acompañó el conjunto de guitarras
dirigido por Roberto Grela y que estaba integrado por Rafael Del
Pino, Héctor Davis, Héctor Barceló, Rubén Morán y Domingo Laine. De
esta sociedad quedaron inolvidables registros discográficos, como
por ejemplo "Packard", "Falsía", "Poema número cero" y "Atenti
pebeta", verdaderas joyas del género.
Incursionó en el arte de la escritura por medio de dos libros: "Una
luz de almacén" y "Las voces, Gardel y el tango". Hubo un tercer
libro que quedó trunco por la desaparición física de nuestro
artista, el cual presentaba un profundo estudio sobre el lenguaje y
la poesía lunfarda.
Fue compositor y autor de varios temas, y algunos tangos al modo reo
y lunfardo. "No mi amor", "Malón de ausencia", "A Buenos Aires",
"Falsía", "Quién sino tu", "Arigato Japón" y "El jubilado". Compuso
también: "Pelota de cuero" (con Héctor Marcó), "Biaba" (Celedonio
Flores), "La señora del chalet", "Poema número cero" y "Las diez de
últimoa (los tres con Luis Alposta), "Calle Cabildo" (Dionisio De
Biase y César Bo), "Acuérdate" (José María Contursi), "Todavía no"
(Eugenio Majul), "Aguja brava" (Eduardo Giorlandini), "Amablemente"
(Iván Diez), "Coplas del Viejo Almacén" (Horacio Ferrer), "Milonga
del consorcio" (con Arturo de la Torre y Jorge Serrano)y "P'al nene"
y "Bronca" (con Mario Battistella), entre otras.
En el año 1969, se da el gusto de inaugurar su propia casa de tango:
"El Viejo Almacén". Por ella desfilaron innumerables figuras
nacionales e internacionales y ocurrieron interesantes episodios
como escuchar a Rivero acompañado por la orquesta de Osvaldo
Pugliese, o una noche cualquiera ver entre los concurrentes a Joan
Manuel Serrat, gran admirador del cantor.
El 18 de enero de 1986, luego de permanecer internado desde
diciembre, por un problema cardíaco fallece en Buenos Aires a los 74
años de edad.
Fue un cantor distinto, genial, adornado por una personalidad afable
y señorial que lo hizo querido por todo el ambiente artístico y, lo
que es más importante, por un público que lo recuerda y lo admira en
cada uno de sus registros.
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Roberto Goyeneche |
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Apodo: El Polaco
Cantor
(29 de enero de 1926 – 27 de agosto de 1994)Si tuviéramos que
elegir un personaje síntesis de los últimos treinta años del tango,
sin ninguna duda surgiría el nombre del Polaco Goyeneche. No sólo
por tratarse de un cantor extraordinario, sino y fundamentalmente,
por ser el arquetipo de la última camada de nuestra estirpe y
bohemia porteña.
La expresividad de su fraseo, el particular modo de colocar la voz,
la fuerte personalidad del que conoce la esencia misma del tango, lo
distinguen de todos los otros cantores de nuestro tiempo.
El manejo de los acentos y los silencios, el arrastre de alguna
palabra de la letra, o el susurro intimista de un verso, lo
convierten en un vocalista irrepetible, imposible de ser confundido
con otro.
Su dicción era perfecta, aún en los últimos años de su vida cuando
la decadencia de su voz, lejos de mellar su popularidad lo elevó a
la categoría de mito viviente.
Algunos lo describen como un "diceur", algo así como un "chansonnier"
de los años treinta, pero no comparto esta opinión —generalmente
expresada para empalidecer su importancia— fue un excepcional
cantor, que como muchos otros grandes tuvo diferentes etapas para
diferentes gustos, pero todas memorables.
El Polaco inicia su carrera como cantor de la orquesta de Raúl
Kaplún en 1944, a los dieciocho años. En 1952 y en esa misma
condición, continúa con Horacio Salgán, junto al cantor Angel Díaz
"El Paya", quien fuera responsable de su apodo.
Pocos años más tarde, en 1956, se convierte en el cantor de la
orquesta de Aníbal Troilo, todo un reconocimiento a su incipiente
carrera.
Este modo de nacer artísticamente es uno de los motivos por el cual
Goyeneche entiende el tango como un músico, como un instrumento
vocal tal cual lo hicieran los cantores del cuarenta, afiatando su
garganta y su fraseo en total armonía con la orquesta.
Con el tiempo logra tal perfección, que se permitiría el lujo de
iniciar una frase a destiempo —cadenciosamente— para luego alcanzar
las últimas notas al final del compás.
Fue un cultor respetuoso del ritmo, en una época donde la mayoría de
los solistas lo fusionan a las baladas, a los boleros o a
sofisticadas canciones con aire de tango.
El repertorio de Goyeneche fue muy extenso y variado, los tangos
bien antiguos y los más modernos desfilan desprejuiciados en su
trayectoria discográfica. Grabó "El motivo", de Juan Carlos Cobián y
Pascual Contursi, y fue el primero en registrar "Balada para un
loco" de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer.
Si se me permite la expresión, el Polaco se apropió de muchos tangos
clásicos.
¿Y por qué digo esto? Por la sencilla razón de haber recreado
innumerables tangos cuyas versiones originales tenían nombre y
apellido —estaban identificadas con otros cantantes— y que a partir
de su interpretación pasaron a ser emblemáticos de su repertorio.
Tales son los casos de "La última curda" (Edmundo Rivero), "Naranjo
en flor" (Floreal Ruiz), "Qué solo estoy" (Raúl Berón), "Gricel" y
"Garúa" (Francisco Fiorentino), entre otros.
También fue un gran intérprete del repertorio de Carlos Gardel. Sus
versiones de "Lejana tierra mía", "Siga el corso", "Volvió una
noche", "Intimas" y "Pompas" son espectaculares.
Cantó mejor que nadie los tangos "Afiches", "Maquillaje" y "Chau no
va más" de Homero Expósito y relanzó a una dimensión increíble
"Naranjo en flor".
Resulta impresionante su versión de "Malena" y conmovedor el
registro del tango "Discepolín", hitos en la poesía de Homero Manzi.
En cuanto a Enrique Santos Discépolo hizo verdaderas recreaciones de
"Soy un arlequín" y "Cafetín de Buenos Aires".
La propuesta de "María" de Cátulo Castillo sugiere una infinita
dulzura, pero no podemos dejar pasar por alto que es dueño absoluto
de "La última curda" donde su voz patentiza el profundo dramatismo
de estos versos que expresan la etapa existencialista de Cátulo.
En cuanto a "Pompas" e "Intimas", después de Gardel, las suyas son
las mejores versiones.
Y qué decir de "Garúa", "Gricel", "Tú", "Cuando tallan los
recuerdos", "Ya vuelvo" y tantos otros temas inolvidables.
Fue admirador y amigo entrañable de Aníbal Troilo, como cantor de su
orquesta graba 26 temas y unos años después, ya solista, se vuelven
a asociar en dos larga duración, titulados "El Polaco y yo" y "¿Te
acordás Polaco?".
Su carrera ascendente continúa con la dirección de los más grandes
maestros de su época, Armando Pontier, Raúl Garello, Atilio Stampone,
Baffa-Berlingieri y muchos otros.
Se consagra como solista después de brillar como cantor de orquesta
y, curiosamente, el fervoroso reconocimiento y la devoción del
público llegaría a la madurez de su voz para no abandonarlo hasta su
muerte.
Yo tuve la suerte de verlo actuar muchas veces, en distintos lugares
de Buenos Aires. Pero hoy vienen a mi recuerdo, las mágicas
trasnochadas de estudiante universitario, allá por el año setenta.
Por primera vez escuché al Polaco cantando tangos a capella en el
Bar Amazonas —ubicado en la esquina de Marcelo T. de Alvear y
Talcahuano— en una de las tantas escapaditas que él hacía en los
intervalos de sus actuaciones en Caño 14 —mítico escenario de la
noche porteña— que quedaba a la vuelta.
Bastante tiempo después me di el gusto de conocerlo, de charlar con
él e incluso, de compartir un video donde aparecemos conversando en
la mesa de un café y él me tarareaba "Mariposita".
Fue grande entre los grandes, y de la mano de Gardel y de sus
hermanos Corsini, Charlo, Fiorentino y Vargas, su voz, su garganta
con arena, nos seguirá deleitando con el sabor del tango y el
perfume cotidiano de las noches de Buenos Aires.
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Astor Piazzolla |
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Piazzolla no es sólo el músico de tango más célebre en el mundo,
sino también un compositor cultivado por notables concertistas
internacionales, conjuntos de cámara y orquestas sinfónicas. Es
posible que haya llevado al tango hasta sus límites, tan lejos
-estéticamente hablando- que muchos tanguistas no tuvieron
capacidad de acompañarlo ni de entenderlo. A los que sí lo
siguieron, y a los que vinieron después, les legó el difícil
problema de sustraerse, aunque sea en parte, de su influencia y de
encontrar un nuevo rumbo después de su obra. El "postpiazzollismo"
es hasta ahora una colección de intentos, importantes algunos pero
insuficientes.
Su inserción en el medio tanguero de Buenos Aires comenzó en 1938,
precisamente la época en que el tango despertaba aceleradamente de
su relativo letargo, iniciado alrededor de 1930. La relación de
Piazzolla con ese medio fue complicada, mezcla de amor y
desprecio, de admiración y resquemor. Pero su lucha, que era la de
un artista tan dotado como innovador, contra la mediocridad y el
conservadurismo, la libró desde el interior del tango, con
profundas raíces en él, tocando con orquestas ajenas o propias en
palcos de café o en oscuros clubes suburbanos. Este barro ya no lo
tienen en sus botas los postpiazzollanos.
A pesar de esta raigambre y de la profunda esencia tanguera de
todo lo que hacía Astor, incluso cuando se trataba de otra música,
desde mediados de los '50 se extendió entre sus detractores una
muletilla presuntamente descalificadora: "Piazzolla no es tango",
como expresión absoluta del quietismo y la intolerancia. No
obstante ese antagonismo, varios tangos fueron escritos en su
homenaje, uno de ellos por
Julio De Caro, figura capitular del género, testimoniando la
admiración que despertaba ese personaje áspero y combativo, que
rompía todos los moldes.
Astor Pantaleón nació en 1921 en Mar del Plata, cuando este puerto
pesquero del Atlántico, 420 kilómetros al sur de Buenos Aires, era
a la vez un balneario aristocrático, aún no masivo. En 1924 pasó a
vivir con sus padres en Nueva York, donde en 1929 sobrevino su
encuentro con el bandeoneón. En 1932 compuso su primer tango, "La
catinga", nunca difundido, e intervino como actor infantil en "El
día que me quieras", film cuya estrella era
Carlos Gardel.
Ya de regreso en Mar del Plata, en 1936 comienza a formar parte de
conjuntos locales y a conducir incluso uno que adoptaba el estilo
del Sexteto Vardaro, que a partir de 1933 había intentado una
audaz superación estilística, desdeñada por las grabadoras. Su
líder, el violinista
Elvino Vardaro, tocaría muchos años después para Piazzolla.
En 1938 llegó a Buenos Aires, donde, luego de pasar brevemente por
varias orquestas, fue incorporado a la del bandoneonista
Aníbal Troilo, que se había constituido en 1937 y jugó un
papel trascendental en el apogeo del tango en los dos decenios
siguientes. Además de bandoneón de fila, Astor fue allí arreglador
y ocasional pianista, en apurado reemplazo de
Orlando Gogni (o Goñi), tan brillante como incumplidor. Troilo
prohijó a Piazzolla, pero también recortó su vuelo para ceñirlo a
los límites de su estilo, que no debía trasponer la capacidad del
oído popular.
El ímpetu renovador de Astor comenzó a desplegarse en 1944, cuando
abandonó a Troilo para dirigir la orquesta que debía acompañar al
cantor
Francisco Fiorentino. Aquella fue la extraordinaria conjunción
de un vocalista enormemente popular y un músico de talento único.
Quedaron de ese binomio 24 temas grabados, con versiones
descollantes (los tangos "Nos encontramos al pasar", "Viejo ciego"
y "Volvió una noche", entre otros). La serie incluye los dos
primeros instrumentales registrados por Piazzolla: los tangos "La
chiflada" y "Color de rosa".
Tras aquella experiencia inaugural, Astor lanzó su propia orquesta
en 1946, todavía ajustada a los cánones tradicionales del género.
Como tal se instaló desde su inicio entre las agrupaciones más
avanzadas, junto a las de
Horacio Salgán,
Francini-Pontier,
Osvaldo Pugliese,
Alfredo Gobbi y el propio
Troilo. Entre sus cantores sobresalió Aldo Campoamor. Hasta
1948 grabó un total de 30 temas, entre ellos versiones antológicas
de tangos como "Taconeando", "Inspiración", "Tierra querida", "La
rayuela" o "El recodo". Entre los registros se destacan cinco
obras del propio Piazzolla, que ya anuncian -particularmente en
los casos de "Pigmalión" y "Villeguita"- al genial compositor.
Este surge muy pronto en toda su hondura y originalidad con tangos
de inigualada inspiración: "Para lucirse", "Prepárense",
"Contratiempo", "Triunfal", "Contratiempo" y "Lo que vendrá". Esas
piezas son incorporadas al repertorio de importantes orquestas,
como las de
Troilo,
Francini-Pontier,
Osvaldo Fresedo y
José Basso, muchas veces con arreglos escritos por el propio
Piazzolla. Mientras tanto, su orquesta graba entre 1950 y 1951
cuatro obras, dos de ellas en un memorable disco de 78
revoluciones: los viejos tangos "Triste" y "Chiqué".
En los primeros años '50 Piazzolla dudó entre el bandoneón y el
piano, y pensó volcarse a la música clásica, en la que ya venía
incursionando como compositor. Con esas ideas se trasladó en 1954
a Francia, becado por el Conservatorio de París, pero la
musicóloga Nadia Boulanger lo persuadió de desarrollar su arte a
partir de lo que le era más propio: el tango y el bandoneón. Allí
graba en 1955, con las cuerdas de la Orquesta de la Opera de
París, Martial Solal al piano y él mismo en bandoneón, 16 temas,
todos suyos salvo dos. Aquello fue un nuevo torrente de asombrosa
melopea, con tangos como "Nonino" (antecedente del célebre "Adiós,
Nonino", emocionada despedida a la muerte de su padre),
"Marrón y azul", "Chau, París", "Bandó", "Picasso" y otros.
De regreso en la Argentina, Piazzolla se desplegaría en dos
direcciones. Por un lado, la orquesta de bandoneón y cuerdas, con
la que dio a conocer una nueva generación de tangos suyos, de
actitud ya rupturista, como "Tres minutos con la realidad", "Tango
del ángel" y "Melancólico Buenos Aires". Su repertorio incluía por
entonces también tangos tradicionales releídos y otros más
actuales de diferentes músicos, como "Negracha" (Pugliese), "Del
bajo fondo" (José y Osvaldo Tarantino) o "Vanguardista" (José
Bragato). La orquesta contaba con el cantor Jorge Sobral, ya
que Astor quería extender al tango canción su propuesta
renovadora.
La otra gran empresa de Piazzolla en esa época fue la creación del
Octeto Buenos Aires, en el que reunió a ejecutantes de gran nivel
y con el cual subvirtió todo lo conocido en tango hasta entonces.
Hay quienes juzgan a ese Octeto como el cénit artístico de toda su
carrera. Aquel conjunto, que grabó sólo dos long-plays medianos,
se dedicó sobre todo a reinterpretar grandes tangos tradicionales,
como "El Marne", "Los mareados", "Mi refugio" o "Arrabal".
En 1958 Piazzolla se estableció en Nueva York, donde vivió
circunstancias muy difíciles. De aquella infeliz etapa quedó su
experimento de jazz-tango, que él mismo juzgó con dureza -excesiva
tal vez- por la concesión comercial que supuso. Pero al retornar a
Buenos Aires en 1960 creó otro de los conjuntos fundamentales de
su trayectoria: el Quinteto Nuevo Tango (bandoneón, piano, violín,
guitarra eléctrica y contrabajo), que causó furor en ciertas
franjas de público, entre ellas el universitario.
Esta formación, cuyos integrantes fueron cambiando con el tiempo,
frecuentó un repertorio variado, que incluyó nuevos tangos del
director, como "Adiós, Nonino", "Decarísimo", "Calambre", "Los
poseídos", "Introducción al ángel", "Muerte del ángel",
"Revirado", "Buenos Aires Hora 0" y "Fracanapa", entre otros. Con
la voz de Héctor de Rosas realizó notables versiones de "Milonga
triste" y tangos como "Cafetín de Buenos Aires", "Maquillaje",
"Nostalgias" y "Cuesta abajo", entre otros.
En 1963 retornó a un fugaz Nuevo Octeto, que no alcanzó el óptimo
nivel del anterior pero le permitió incorporar nuevos timbres
(flauta, percusión, voz). Entre las diversas realizaciones de esos
años intensos, sobresalen dos acontecimientos de 1965. Uno es el
concierto que con el Quinteto ofrece en el Philarmonic Hall of New
York, dando a conocer la Serie del Diablo y la completada Serie
del Ángel, además de "La mufa". A su vez, graba en Buenos Aires
una serie de excepcionales composiciones suyas sobre poemas y
textos de
Jorge Luis Borges (con su mitología de cuchilleros de
arrabal), con el cantor
Edmundo Rivero y el actor Luis Medina Castro. Ese mismo año
dio a conocer "Verano porteño", primero de los valiosísimos tangos
que conformarán las Cuatro Estaciones.
Comienza luego su producción con el poeta
Horacio Ferrer, con quien creó la operita "María de Buenos
Aires" (que comprende el admirable "Fuga y misterio") y una
sucesión de tangos. En 1969 lanzaron "Balada para un loco" y "Chiquilín
de Bachín", que de pronto le proporcionaron a Piazzolla éxitos
masivos, a los que no estaba habituado. Ese año los grabó por
partida doble, con la cantante Amelita Baltar y con el cantor
Roberto Goyeneche.
En 1972, en otro gran momento de Piazzolla y tras haber registrado
el año anterior el magnífico LP "Concierto para quinteto", formó
Conjunto 9, con el que grabó "Música contemporánea de la ciudad de
Buenos Aires", como trascendiendo la discusión sobre la tanguidad.
Los álbumes que realizó ese noneto incluyen los sobresalientes
"Tristezas de un Doble A", "Vardarito" y "Onda nueve". Tras
abandonar nuevamente la Argentina, Astor inició su fructífera
etapa italiana, donde entre otras obras dio a conocer "Balada para
mi muerte", con la cantante Milva, "Libertango" y la conmovedora
"Suite troileana", que escribió en 1975 bajo el impacto que le
causó la noticia de la muerte de Troilo.
Tres años después compuso y grabó con orquesta una serie de obras
dedicadas al campeonato mundial de football, esa vez disputado en
la Argentina, durante la sangrienta dictadura militar implantada
en 1976, que manipuló políticamente ese torneo. Se trató de un
deplorable paso en falso de Piazzolla.
En 1979, de nuevo con su quinteto, presentó "Escualo", entre otros
temas. A lo largo de aquellos años y los siguientes, Astor unió su
talento al de artistas de diversos orígenes, como George Moustaki
(para quien compuso los bellísimos temas "Hacer esta canción" y
"La memoria"), Gerry Mulligan y Gary Burton. Entre otras variadas
performances, el disco recogió una apoteótica actuación del
quinteto en 1987 en el Central Park de Nueva York. La última
formación de Piazzolla fue un sexteto, que sumaba un segundo
bandoneón al quinteto y reemplazaba el violín por el violoncello.
Además de obras de concierto y música para cerca de 40 películas,
Astor concibió numerosísimas piezas breves (tangos o no) omitidas
en esta apretada reseña. Entre ellas figuran "Juan Sebastián
Arolas", "Contrabajeando" (escrito con Troilo), "Tanguísimo", "La
calle 92", "Oblivion", "Años de soledad", "Los pájaros perdidos",
"Lunfardo", "Bailongo", "Vuelvo al Sur" y la serie "La camorra".
Bucear en la inmensa obra de Piazzolla, encontrar partituras y
arreglos o idear otros nuevos es hoy la fascinante tarea de
músicos de todo el mundo.
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Julio Sosa |
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Sin lugar a dudas, Julio Sosa fue el último cantor de tango que
convocó multitudes. Y en ello, poco importó que casila mitad de su
repertorio fuera idéntico al de Carlos Gardel, aunque también es
cierto que interpretó algunos títulos contemporáneos. Como dice el
investigador Maximiliano Palombo, fue una de las voces más
importantes que tuvo el tango en la segunda mitad de los años
cincuenta y principios de los sesenta, época en que la música
porteña pasaba por un momento no demasiado feliz".
Posteriormente, dada su temprana muerte, se intentó repetir con él
el mito Gardel, pero Sosa no era Gardel la extroversión y la
carencia de ternura de su voz lo alejaban del paradigma del cantor
de tangos. Por otra parte, al perderse su imagen, desaparecieron sus
condiciones actorales, tan unidas al sentido de lo que cantaba.
De todas maneras, quedó su recuerdo, sobre todo en la generación que
lo vio surgir y en las posteriores, como una de las más reconocibles
e insoslayables figuras de la historia del tango.
Con el nombre de Julio María Sosa Venturini, nació en la localidad
de Las Piedras, departamento de Canelones, Uruguay, el 2 de febrero
de 1926, en el matrimonio formado por Luciano Sosa, peón rural, y
Ana María Venturini, lavandera.
Apenas terminados los estudios primarios, la pobreza lo llevó a
enfrentar la vida con cualquier conchabo que se le presentara. De
ese modo, ejerció las más diversas ocupaciones: ayudante de
mercachifle, vendedor ambulante de bizcochos, podador municipal de
árboles, lavador de vagones, repartidor de farmacia, marinero de
segunda en la aviación naval...
Pero sus ambiciones eran otras. Y tras esas ambiciones, intervenía
en cuanto concurso de cantores se le pusiera a tiro. También
apareció el amor, que lo condujo al altar con sólo dieciséis años;
dos más tarde, se separó de aquella muchacha, llamada Aída Acosta.
Por entonces, se inició profesionalmente en la ciudad de La Paz
(Uruguay) como vocalista de la orquesta de Carlos Gilardoni. Se
trasladó luego a Montevideo, para cantar con las de Hugo Di Carlo,
Epifanio Chaín, Edelmiro "Toto" D'Amario y Luis Caruso. Con esta
última, llegó al disco, donde dejó cinco interpretaciones para el
sello Sondor en 1948.
En junio del año siguiente, ya estaba en Buenos Aires cantando en
cafés, como el Los Andes, de la esquina de Jorge Newbery y Córdoba.
También "realizó una prueba —señala Palombo— en la orquesta típica
de Joaquín Do Reyes, pero el director consideró que la voz de Sosa
era un tanto dura para el estilo interpretativo de su agrupación".
En agosto, lo descubrió el letrista Raúl Hormaza, que no demoró en
acercarlo a Enrique Mario Francini y Armando Pontier, que andaban
con ganas de sumar un nuevo cantor al que ya tenían en su típica,
Alberto Podestá. De ganar veinte pesos por noche en el café, pasó a
los mil doscientos mensuales con Francini-Pontier.
En abril de 1953, pasó a la típica de Francisco Rotundo, con la que
grabó en Odeón y de cuyas placas se recuerdan aún verdaderas
creaciones como las de "Justo el 31", "Bien bohemio" y "Mala
suerte".
En junio de 1955 ingresó en la de Armando Pontier y registró sus
grabaciones en Victor y Columbia. "La gayola", "¡Quién hubiera
dicho!", "Padrino pelao", "Martingala", "Abuelito", "Camouflage", "Enfundá
la mandolina", "Tengo miedo", "Cambalache", "Brindis de sangre" o
"No te apures, Carablanca" fueron algunos de sus clásicos en esa
etapa en que el éxito estaba ya completamente de su parte.
En 1958, contrajo un nuevo matrimonio, con Nora Edith Ulfed, con la
que tuvo una hija, Ana María. Ya separado, reincidió, con Susana
"Beba" Merighi, su compañera hasta el fin de sus días.
En 1960 reveló su otro aspecto artístico, el de poeta, con la
publicación de un único libro, "Dos horas antes del alba". También
incursionó en la letra tanguera con una muestra "Seis años", que
lleva música de Edelmiro D'Amario.
A comienzos de 1960, se desvinculó de Pontier decidido a iniciar su
etapa de solista. Convocó, entonces, al bandoneonista Leopoldo
Federico para que organizara su orquesta acompañante. Con ella
comenzó a grabar para el mismo sello en que lo hacía con Pontier,
Columbia, en 1961, cuando ya estaba firmemente emplazado en el gusto
popular.
El periodista Ricardo Gaspari, titular del departamento de prensa y
promoción de la grabadora, lo bautizó "El varón del Tango" y de
igual modo tituló a su primer larga duración. Todo parecía marchar
viento en popa. Sólo había un inconveniente, enfrentarse al poderoso
auge de la denominada "Nueva Ola", el show business de turno, con el
que se venían cercenando nuestras raíces culturales en la juventud
de la época. Pese al riesgo que ello parecía representar, Sosa logró
una venta de discos impensable para un intérprete tanguero de
aquellos días y tan abultada como la de cualquier cantante "nuevaolero".
Ese enfrentamiento con la "Nueva Ola" se representó a la perfección
en la escena que protagonizó para la película "Buenas noches, Buenos
Aires" (1964), en la que entonó y bailó con Beba Bidart "El
firulete", ante unos jóvenes "twisteros" que terminaban por pasarse
a los cortes y quebradas.
La realidad no estaba lejos; Sosa logró que una juventud
desorientada volviera a la música que le pertenecía. Es por ello que
quienes eran jóvenes entonces han olvidado las tonterías de las
letras "nuevaoleras" y siguen escuchando al cantor de Las Piedras.
Al margen del tango y la poesía, Sosa tuvo otra pasión los
automóviles. Fue propietario de un Isetta, un De Carlo 700 y un DKW
modelo Fissore; con los tres terminó por chocar, debido a su gusto
desmedido por la velocidad. El tercero resultó fatal. Durante la
madrugada del 25 de noviembre de 1964, se llevó por delante una
baliza luminosa en la esquina de la avenida Figueroa Alcorta y
Mariscal Castilla (Buenos Aires).
Fue internado en el Hospital Fernández y luego trasladado al
Anchorena, en el que dejó de existir el día 26 a las 9:30. Sus
restos comenzaron a ser velados en el Salón La Argentina y el exceso
de público obligó a continuar el velatorio en el Luna Park
(legendario estadio de box con capacidad para 25.000 personar). El
24 había cantado por radio su último tango, "La gayola". El final
parecía profético "pa" que no me falten flores cuando esté dentro
"el cajón". |
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Tita Merelo |
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Tita no necesitó crear un personaje. En sus más desetenta años de
trayectoria artística, simplemente recurrió a expresar, los matices
de su propia vida, entregando al público lo peculiar de su
personalidad.
No tuvo maestros. Tuvo abandono temprano, calle y tristeza, donde
forjó la prepotencia que la caracterizó toda su vida, fiel reflejo
de los papeles que le tocó interpretar en el teatro y en el cine.
Un ejemplo de esto, es aquella memorable escena, una de las mejores
de todo el cine argentino, de la película "Los isleros". En ella
personifica a "La Carancha" (ave nocturna que ataca y devora a los
animales más pequeños), mujer agresiva que forma pareja con un
hombre tranquilo, un campesino manso. En la escena ella ataca
verbalmente a su hombre y este resiste, hasta que lo llama "toruno"
(buey o toro castrado), entonces el hombre reacciona y le pega
rebencazos hasta amansarla, para finalmente poseerla físicamente.
No nació para cantar. De joven decía con humor tangos reos. Más
adelante, a medida que su repertorio se fue ampliando, al intentar
sostener las notas, desafinaba. Pero tenía ángel y era aceptada por
su público, tanto es así, que de varios temas realizó creaciones
inolvidables y de tal magnitud, que ninguna otra cantante se atrevió
a incluirlos en su repertorio sin salir mal parada.
El tango Arrabalera -del film del mismo título, basado en la obra
teatral de Samuel Eichelbaum, "Un tal Servando Gómez"-, "El choclo",
"Se dice de mí", "Pipistrela" y "La milonga y yo", que fuera creada
especialmente para ella por el autor y compositor Leopoldo Díaz
Vélez, también para una película, son emblemas de su repertorio.
Con respecto a "La milonga y yo", vaya como curiosidad que una parte
de su estribillo fue plagiada por Joan Manuel Serrat, aquella que
dice: "vamos subiendo la cuesta...", y que las instancias
judiciales, después de treinta años, siguen sin resolver el pleito.
Bajita, morocha, de bellas piernas, labios gruesos y sensuales, y
ese gesto de mirada insinuante y provocadora, de quien todo lo sabe
y todo lo ofrece. Esa era ella y su personaje. Y así fue. Buscó todo
con rabia, exultante, consiguió muchas cosas pero también perdió.
Fue registrada como Laura Ana Merello, nacida en la calle Defensa
715, el 11 de octubre de 1904. Hija de Santiago Merello de profesión
cochero. Extrañamente no figura en su partida el nombre de su madre.
Cuatro años más tarde una muchacha uruguaya llamada Ana Gianelli o
Ganelli, se reconoce como su madre en la misma partida de
nacimiento. Su padre ya había fallecido con sólo 30 años de edad.
«Yo conocí el hambre. Yo se lo que es el miedo y la vergüenza», con
estas frases comenzó el relato de los duros momentos vividos en el
asilo donde pasó sus primeros años.
«Mi infancia fue breve. La infancia del pobre es más breve que la
del rico. Era triste, pobre y fea». Ya más grande, declaró sin
pudor, "haber hecho la calle".
Y acto seguido nos confiesa que ya siendo reconocida en el ambiente
artístico, un periodista famoso, al saludarla y tomar su mano, luego
de observarla procazmente con intenciones "non santas", le dijo:
«Usted en otra vida debió haber sido cortesana.» Y ella contestó:
«¿Y ahora qué soy?»
Llega al escenario al enterarse que se necesitaban coristas en un
teatro cercano el puerto, de esos característicos que vemos en las
películas, frecuentado por marineros y gente del bajo fondo. En este
momento viene a mi memoria Marlene Dietrich, aquella alemana bajita,
sugerente, de hermosas piernas y desenfadada, los mismos atributos
que la Merello, en el film "El ángel azul" donde intentaba cantar en
un turbio cafetín y provocando el amor irracional de un serio
profesor.
Un periodista de la época lo describe como un teatrillo de mala
muerte, casi pornográfico, de nombre "Ba ta clán", a partir de
entonces, a las coristas se las llamó "bataclanas", y este término
se convirtió en sinónimo de "mujer alegre".
Tiempo más tarde pasó a ser una "vedette" y la bautizaron "La
vedette rea". En esta condición estrena la obra "Leguisamo solo",
creada por el director musical de la compañía, un italiano
acriollado amante del turf, Modesto Papavero, y resulta un notable
éxito.
Un famoso crítico teatral que la conoció antes de los años '30 dijo
de ella: «Es una de las actrices más temperamentales, más fogosas y
de carácter más fuerte de la escena nacional, a la par que es muy
picara, muy rápida para las réplicas, muy inteligente, e interpreta
los tangos como actriz. Cada tango es un pequeña obrita de teatro.»
Comenzó en el cine con el cine mismo. Aparece en la primera película
sonora argentina reconocida como tal, "Tango", del año 1933. Otras
posteriores apariciones suyas fueron de "segunda damita joven", pero
de personalidad opuesta a la primera actriz que hacía el papel de
"cándida" y con quien, en definitiva, se quedaba el galán, todo en
un marco de comedia.
Pero cuando en 1937 filma "La fuga" se revela como actriz dramática,
desconcertando a productores y directores, por su naturalidad, su
expresión y su desenvoltura.
Otras películas importantes de su trayectoria en el cine, que la
consagran en forma definitiva, fueron: "Morir en su ley", "Filomena
Marturano" (del actor y dramaturgo italiano Eduardo De Filippo),
"Los isleros", "Arrabalera", "Pasó en mi barrio", "Guacho", "Para
vestir santos", "Amorina" y muchas más hasta superar las cuarenta.
Con el tiempo y en pleno desarrollo de sus éxitos actorales es
requerida por el teatro, la televisión y por la radio, medio, este
último, en el que continuó hasta su vejez. Ya era "Tita de Buenos
Aires".
Como cancionista llegó al disco en el año 1927, para el sello Odeón,
con dos temas: "Te acordás reo" (de Emilio Fresedo) y "Volvé mi
negra" (de José María Rizutti y letra de Fernando Diez Gómez). En el
año 1929 pasa a la Victor donde graba 20 temas, destacándose "Tata
ievame p'al centro", "Che pepinito" y "Te has comprado un
automóvil".
Luego de un largo paréntesis vuelve a los estudios de grabación, en
el año 1954, de la mano de Francisco Canaro, siendo esta su época
consagratoria. Allí surgen discos inolvidables como "El choclo", "Se
dice de mí", "Arrabalera", "Niño bien", "Pipistrela" y "Llamarada
pasional", este último dedicado a Luis Sandrini y del cual es
autora.
En las décadas del sesenta y del setenta graba más de cuarenta
temas, con las orquestas de Carlos Figari y Héctor Varela.
Todo lo hizo con ímpetu arrollador. Fue mujer de muchos hombres,
pero siempre reconoció un solo amor, el del actor Luis Sandrini
(fallecido en 1980), con el que vivió alrededor de una década y
quien luego la abandonara por una actriz más joven, Malvina
Pastorino (fallecida en 1994).
Mi mejor personaje es el mío. Una actriz dramática se llora a si
misma cuando interpreta un personaje teatral.»
Obtuvo premios como actriz, pero lo más importante es el
reconocimiento del público, que se mantiene hasta la actualidad y
que la consagró como un símbolo de la mujer del tango y de Buenos
Aires. |
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